La
sala estaba llena hasta la bandera, y el juez que la presidía, estaba callado,
sin inmutarse, esperando a que el testigo que la defensa había presentado, el
presunto asesino confesara. Había dos abogados de la defensa, el que parecía
tener más experiencia tamborileaba con los dedos tranquilamente encima de la
mesa, pero había notado que en determinado momento, durante las preguntas
incómodas dejaba de hacerlo; la otra letrada, por el contrario parecía que
carecía de experiencia, o al menos no tenía experiencia en el arte del
disimulo, no paraba de golpear nerviosamente el suelo con los tacones que
llevaba.
Dirigí
mi vista al acusado, estaba en la silla algo inquieto y miraba todo el rato a
sus abogados defensores. El testigo que habíamos presentado antes había dado la
vuelta al caso, un testigo presencial que había visto al acusado huir de la
escena del crimen manchado de sangre no dejaba lugar a dudas. Había sido él, y
que lo negara ante todos en la sala sólo hacía que mi trabajo fuese algo más entretenido.
Si
ahora, cuando todas las pruebas apuntaban a él, se declaraba culpable, se le
podría reducir en dos meses o como mucho en un año la condena, en caso
contrario pediría la pena máxima y el jurado popular posiblemente se inclinaría
a mi favor.
¾
Se lo vuelvo a preguntar, señor Muñoz, ¿mató usted o
no a su esposa en un arrebato de celos?
En
ese momento un estridente sonido se coló en la sala, un estridente sonido que
me trajo a la realidad, eran las siete de la mañana y yo me tenía que ir a
trabajar.
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