Esa canción... El día
más triste de mi vida me trajo a la memoria uno de los recuerdos más bonitos
que conservaba... Aquella primera cita... Aquel prado... Aquel picnic... Y de
pronto me vi allí, en ese prado, viviendo esa cita de nuevo, como si fuera la primera
vez... El primer beso... Las primeras preguntas... El primer te quiero... En
ese instante me di cuenta de que el nunca tuvo dudas de lo nuestro, supo que me
quería, y aunque yo lo supe después... Siempre supe que nunca le olvidaría y
que haría todo lo posible por conservar ese sentimiento.
El vestido rojo que había elegido era bonito, era sexy, y era
caro... Por lo que era perfecto para una primera cita. Con el pelo había tenido
más problemas para decidirme, pero al final me decidí por alisármelo, lo que me
daba una apariencia sexy y muy elegante, de acuerdo con el vestido. No me
había dicho a donde me llevaba, pero había dicho que era un lugar bonito e
íntimo, por lo que supongo que será un restaurante caro con un reservado.
En medio de mi divagación sobre el posible restaurante al que me llevaría
alguien llamó a la puerta.
- ¿Puedo pasar? Era mi padre. No le había
hablado a nadie de esta primera cita, sólo a Martina, que era mi mejor amiga.
Yo sabía que a mi padre no le gustaría la idea de que saliera con alguien sola,
por la calle, sobretodo con alguien que el no conociera o que no soliera acudir
a sus fiestas, pero a pesar de todo adoraba a mi padre.
- Adelante.
Mi padre
apareció por la puerta. José
Antonio de la Frontera siempre había sido una persona extremadamente elegante,
y lo demostró una vez más. Mi padre era una persona de altura media alta,
aproximadamente un metro setenta y cinco centímetros, y llevaba puesto un traje
gris claro con una camisa azul cielo y chaleco del mismo color, estaba sin
chaqueta y sin corbata, por lo que supuse que acababa de llegar de trabajar. Su
pelo algo largo se estaba empezando a volver gris y había ciertas zonas de su
cabeza en las que ya no había pelo, mi padre se peinaba hacia atrás, lo que no
le favorecía, ya que dejaba al descubierto esas zonas sin pelo.
- Estás
preciosa Alicia, de verdad. Me acerqué a él y le di un beso en la mejilla. Los
zapatos que llevaba puestos eran unos botines cerrados de piel de color negro
que daban a todo el conjunto una apariencia sofisticada que no tenía por sí
solo.
- Tus amigas se van a morir de la envidia - esa era mi coartada para esta
noche, una cena en un restaurante privado con amigas para celebrar las altas
notas que había sacado - pero es lo que tiene ser una de la Frontera, todos se
mueren de envidia.
Me sonrió amablemente. Conocía a mi padre, le encantaba
provocar la envidia de los demás, sobretodo si eso hacia que nuestro apellido
subiera como la espuma, y aunque eso a mi no me gustaba, yo le perdonaba, era
lo que siempre le habían enseñado, mi abuelo Francisco le había dado esa
educación.
La mejor casa, la mejor zona de Madrid, la mejor esposa, las mejores
hijas, teníamos que ser mejores que los demás; y aunque sabía que el chico con
el que había quedado esta noche no era lo que mi padre definiría: "El mejor
novio del mundo", yo empezaba a sentir por él esas mariposas en el
estómago, y ese nerviosismo que tantas veces había leído en los libros y que no
creía que fuera posible en el mundo real.
Él había sido tremendamente
paciente conmigo. En el viaje del que acabábamos de volver, yo no había sido
Alicia de la Frontera, hija de José Antonio de la Frontera; sino Alicia de la
Frontera, la adolescente Alicia de la Frontera. Me había hecho sentir yo misma,
no la hija de alguien, me había hecho ser importante por mi misma,
independiente de como me apellidara.
Miré al Rolex que colgaba de mi muñeca
y vi que eran las ocho menos veinticinco, tenía que salir ya de casa, había
quedado a menos diez en el lugar donde me tenía que recoger, en un restaurante
caro cercano al club deportivo donde íbamos, ese era el sitio donde el chofer
me tenía que dejar.
Mi padre tan observador como siempre se dio cuenta de
que iba con el tiempo justo.
- Estás perfecta, no te preocupes, ¿Tienes dinero?
Dijo al mismo tiempo que se llevaba la mano al bolsillo delantero derecho,
donde el debía de tener su cartera.
- Sí papá, tengo dinero, he cogido veinte
euros de mi paga por sí hay algún imprevisto, la cena la cargan a la cuenta del
club, como siempre.
Me miró con ternura y sacó un billete de cincuenta euros de
su cartera.
- Llévate esto también por sí hay algún imprevisto, puede que luego
vayáis a algún bar o discoteca y lo necesites, no te quiero oír
rechistar.
Lo único que hice fue darle un beso en la mejilla, coger el
dinero, guardarlo el la cartera negra elegante a juego con mis zapatos que
había elegido para la ocasión. Cogí el móvil, las llaves de casa, la
documentación, y el resto del contenido de la cartera que solía llevar en el
bolso, tarjeta de crédito y dinero en efectivo.
Cogí la americana negra que me
llegaba por algo menos de la cintura y que dejaba a mi vestido de gasa libre de
cintura para abajo y bajé las escaleras principales que llevaban a la puerta de
salida, mi padre iba detrás de mi pisándole los talones.
Abajo en la puerta
principal estaba mi madre, siempre tan elegante con su vestido de cachemir
negro por las rodillas y a su lado el chofer, Luis, perfectamente uniformado,
que en cuanto me vio bajar salió por la puerta a buscar el coche.
Mi
madre subió los últimos dos escalones de la escalera y me cogió las manos.
-
Estás preciosa, Ali, de verdad, pero deberías de ponerte la americana, hace
algo de frío y no quiero que te constipes. Le entregué a mi madre mi cartera de
mano y me puse la americana, ella me dio la cartera y tras una última mirada al
espejo les di un beso en la mejilla a mis padres.
- Alicia, - me llamó mi
madre, yo me di la vuelta - no llegues muy tarde mañana es la graduación y
necesitarás dormir algo para la fiesta que os espera.
- Claro mamá.
Y
despidiéndome con un gesto de la mano les eché una última mirada, mis padres,
siempre a perfectos, siempre serían ellos; pero estaba segura de que yo no
volvería a ser la misma.