martes, 29 de enero de 2013

SIN LIBERTAD... Capitulo 1 (by MKS)

Esa canción... El día más triste de mi vida me trajo a la memoria uno de los recuerdos más bonitos que conservaba... Aquella primera cita... Aquel prado... Aquel picnic... Y de pronto me vi allí, en ese prado, viviendo esa cita de nuevo, como si fuera la primera vez... El primer beso... Las primeras preguntas... El primer te quiero... En ese instante me di cuenta de que el nunca tuvo dudas de lo nuestro, supo que me quería, y aunque yo lo supe después... Siempre supe que nunca le olvidaría y que haría todo lo posible por conservar ese sentimiento. 
El vestido rojo que había elegido era bonito, era sexy, y era caro... Por lo que era perfecto para una primera cita. Con el pelo había tenido más problemas para decidirme, pero al final me decidí por alisármelo, lo que me daba una apariencia sexy y muy elegante, de acuerdo con el vestido.  No me había dicho a donde me llevaba, pero había dicho que era un lugar bonito e íntimo, por lo que supongo que será un restaurante caro con un reservado.  En medio de mi divagación sobre el posible restaurante al que me llevaría alguien llamó a la puerta.  
- ¿Puedo pasar? Era mi padre. No le había hablado a nadie de esta primera cita, sólo a Martina, que era mi mejor amiga. 
Yo sabía que a mi padre no le gustaría la idea de que saliera con alguien sola, por la calle, sobretodo con alguien que el no conociera o que no soliera acudir a sus fiestas, pero a pesar de todo adoraba a mi padre. 
- Adelante. 
Mi padre apareció por la puerta.  José Antonio de la Frontera siempre había sido una persona extremadamente elegante, y lo demostró una vez más. Mi padre era una persona de altura media alta, aproximadamente un metro setenta y cinco centímetros, y llevaba puesto un traje gris claro con una camisa azul cielo y chaleco del mismo color, estaba sin chaqueta y sin corbata, por lo que supuse que acababa de llegar de trabajar. Su pelo algo largo se estaba empezando a volver gris y había ciertas zonas de su cabeza en las que ya no había pelo, mi padre se peinaba hacia atrás, lo que no le favorecía, ya que dejaba al descubierto esas zonas sin pelo.  
- Estás preciosa Alicia, de verdad. Me acerqué a él y le di un beso en la mejilla. Los zapatos que llevaba puestos eran unos botines cerrados de piel de color negro que daban a todo el conjunto una apariencia sofisticada que no tenía por sí solo. 
- Tus amigas se van a morir de la envidia - esa era mi coartada para esta noche, una cena en un restaurante privado con amigas para celebrar las altas notas que había sacado - pero es lo que tiene ser una de la Frontera, todos se mueren de envidia. 
Me sonrió amablemente. Conocía a mi padre, le encantaba provocar la envidia de los demás, sobretodo si eso hacia que nuestro apellido subiera como la espuma, y aunque eso a mi no me gustaba, yo le perdonaba, era lo que siempre le habían enseñado, mi abuelo Francisco le había dado esa educación. 
La mejor casa, la mejor zona de Madrid, la mejor esposa, las mejores hijas, teníamos que ser mejores que los demás; y aunque sabía que el chico con el que había quedado esta noche no era lo que mi padre definiría: "El mejor novio del mundo", yo empezaba a sentir por él esas mariposas en el estómago, y ese nerviosismo que tantas veces había leído en los libros y que no creía que fuera posible en el mundo real.  
Él había sido tremendamente paciente conmigo. En el viaje del que acabábamos de volver, yo no había sido Alicia de la Frontera, hija de José Antonio de la Frontera; sino Alicia de la Frontera, la adolescente Alicia de la Frontera. Me había hecho sentir yo misma, no la hija de alguien, me había hecho ser importante por mi misma, independiente de como me apellidara.   
Miré al Rolex que colgaba de mi muñeca y vi que eran las ocho menos veinticinco, tenía que salir ya de casa, había quedado a menos diez en el lugar donde me tenía que recoger, en un restaurante caro cercano al club deportivo donde íbamos, ese era el sitio donde el chofer me tenía que dejar.  
Mi padre tan observador como siempre se dio cuenta de que iba con el tiempo justo. 
- Estás perfecta, no te preocupes, ¿Tienes dinero? Dijo al mismo tiempo que se llevaba la mano al bolsillo delantero derecho, donde el debía de tener su cartera. 
- Sí papá, tengo dinero, he cogido veinte euros de mi paga por sí hay algún imprevisto, la cena la cargan a la cuenta del club, como siempre. 
Me miró con ternura y sacó un billete de cincuenta euros de su cartera. 
- Llévate esto también por sí hay algún imprevisto, puede que luego vayáis a algún bar o discoteca y lo necesites, no te quiero oír rechistar.  
Lo único que hice fue darle un beso en la mejilla, coger el dinero, guardarlo el la cartera negra elegante a juego con mis zapatos que había elegido para la ocasión. Cogí el móvil, las llaves de casa, la documentación, y el resto del contenido de la cartera que solía llevar en el bolso, tarjeta de crédito y dinero en efectivo. 
Cogí la americana negra que me llegaba por algo menos de la cintura y que dejaba a mi vestido de gasa libre de cintura para abajo y bajé las escaleras principales que llevaban a la puerta de salida, mi padre iba detrás de mi pisándole los talones.  
Abajo en la puerta principal estaba mi madre, siempre tan elegante con su vestido de cachemir negro por las rodillas y a su lado el chofer, Luis, perfectamente uniformado, que en cuanto me vio bajar salió por la puerta a buscar el coche.  
Mi madre subió los últimos dos escalones de la escalera y me cogió las manos. 
- Estás preciosa, Ali, de verdad, pero deberías de ponerte la americana, hace algo de frío y no quiero que te constipes. Le entregué a mi madre mi cartera de mano y me puse la americana, ella me dio la cartera y tras una última mirada al espejo les di un beso en la mejilla a mis padres.  
- Alicia, - me llamó mi madre, yo me di la vuelta - no llegues muy tarde mañana es la graduación y necesitarás dormir algo para la fiesta que os espera.  
- Claro mamá. 
Y despidiéndome con un gesto de la mano les eché una última mirada, mis padres, siempre a perfectos, siempre serían ellos; pero estaba segura de que yo no volvería a ser la misma.